Barreras de acceso a medicamentos innovadores que salvan vidas

como factores que afectan a la sanidad universal
2019

Fernando Lamata Cotanda
Miembro de la Asociación Acceso Justo al Medicamento

Sólo es imposible lo que no nos proponemos. Si nos lo proponemos, podemos cambiar el actual modelo de patentes y monopolios de medicamentos, y lograr el acceso de todos a los medicamentos necesarios.

El 25 de septiembre de 2015 los líderes de los distintos países adoptaron los ODS (ya mencionados en este capítulo). Entre ellos, el Objetivo 3.8., que incluye la Cobertura Sanitaria Universal y el “acceso a medicamentos y vacunas inocuos, eficaces, asequibles y de calidad para todos”.

El punto de partida es que, a día de hoy, más de 2.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a los medicamentos que necesitan y que 10 millones de personas mueren cada año por esta causa. Cada día, en todo el mundo, se vulnera el derecho a la salud y la atención sanitaria. Hay un largo camino que recorrer.

La novedad, respecto a épocas pasadas, es que éste no es solamente un problema de los países con menos ingresos. Entonces, los que vivimos en países de altos ingresos, pensábamos que no nos afectaba (“ojos que no ven, corazón que no siente”). Ahora sabemos que es un problema que afecta a todo el planeta, también a los países de ingresos medios y altos. Y esta situación, como veremos, nos da una oportunidad.

En efecto, durante los últimos 25 años, desde que se generalizaron las patentes de medicamentos con el acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de la Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), los precios de los medicamentos y las ganancias de la industria farmacéutica han ido creciendo de manera injustificada.

El paradigma de la nueva situación lo definió el “Sofosbuvir”, la nueva terapia de antivirales de acción directa contra la Hepatitis C. Un medicamento que era eficaz, pero cuyo precio lo hacía inaccesible no sólo a los países de bajos ingresos, sino también a los países europeos, o a miles de pacientes en Estados Unidos. Un medicamento por el que, según el estudio de Swathi Iyengar y otros expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las empresas exigían un precio por tratamiento que suponía el sueldo medio de un año, de dos años y hasta de cinco años, según los distintos países europeos estudiados.

Un medicamento por el que hemos pagado en España 20.000 euros por tratamiento ¡sabiendo que su coste es de menos de 300 euros por tratamiento y que los gastos de I+D se habían recuperado por la empresa en el primer año de facturación!

La escalada en los precios de los nuevos medicamentos ha impactado en los sistemas de salud afectando a su estabilidad y a millones de pacientes. En vez de luchar contra las grandes multinacionales para bajar los precios, algunos gobiernos han reducido la proporción de población con derecho a la atención sanitaria pública. Otros, han aumentado los copagos para algunos medicamentos.

En el caso de España, según el Barómetro Sanitario de 2018, un millón cuatrocientas mil personas no pudieron comprar el medicamento que les había recetado su médico/a en la sanidad pública. El caso de la Hepatits C nos mostró cómo los altos precios hacían que se retrasara la aprobación de la financiación pública en distintos países, o que se establecieran racionamientos (solamente para determinados grados de la enfermedad). Por otro lado, los altos precios están provocando desabastecimientos de distintos medicamentos por los que las empresas exigen subidas injustificadas, buscando los mismos márgenes que en el caso del “Sofosbuvir”. Y los altos precios obligan a los gobiernos a destinar cantidades crecientes a la factura farmacéutica en detrimento de otras necesidades, como programas de prevención, dotación de plantillas, mejora de infraestructuras, etc. Este efecto indirecto se traduce en una menor capacidad de respuesta de los servicios, menor calidad de los mismos, aumento de las listas de espera, y peor valoración de la sanidad pública. Al mismo tiempo, parte del exceso de ganancias de las empresas se destina a marketing, influyendo sobre el personal médico para aumentar la prescripción y provocando un uso inadecuado de medicamentos, con importantes efectos adversos.

Ya el presente Informe se preguntaba el pasado año si entre las verdaderas causas de la falta de acceso a los medicamentos “está una ineficaz gobernanza de la salud global y/o la avaricia desmedida de la industria farmacéutica” (p. 40). Pues, desde mi punto de vista, las dos cosas. Veamos. Aunque no la única, la causa principal de la falta de acceso son los altos precios de los medicamentos. Y esos altos precios se fijan por las empresas y se aceptan por los gobiernos porque las empresas tienen un monopolio. Ese monopolio se lo dan las patentes de medicamentos y otros instrumentos de exclusividad, que aprueban los parlamentos. Es decir, el monopolio se lo da la sociedad. Se lo damos nosotros. ¿Por qué? El argumento es que con ese monopolio de 20 años podrán fijar unos sobreprecios que les permitirán recuperar el gasto que han hecho en investigación y así se desarrollarán los nuevos tratamientos que beneficiarán a todos los pacientes. La patente sería como un impuesto sobre el precio de los medicamentos, que cobran directamente las industrias farmacéuticas, supuestamente para financiar la investigación.

El problema fue que la codicia de las empresas y la falta de gobernanza de los gobiernos propició que el sobreprecio que fijaba la industria, ese impuesto indirecto, fuera cada vez mayor. Mucho mayor que lo necesario para cubrir los gastos de investigación. En España pagamos con sobreprecio a la industria farmacéutica (además de lo que cuesta la fabricación) más de 9.000 millones de euros al año, pero solamente gastan 1.000 millones de euros en investigación. El resto es beneficio excesivo. Lo mismo ocurre en Europa y en el resto del mundo.

Podemos entender la codicia de las empresas, que tienen el ánimo de lucro como motor. Pero no es tan fácil entender la inoperancia de los gobiernos para evitar estos abusos. Como reconoció la Secretaría General de Naciones Unidas (NNUU) cuando en 2015 convocó un Panel de Alto Nivel sobre Acceso a los Medicamentos: “el fracaso en reducir los precios de los medicamentos patentados tiene como consecuencia que millones de personas vean negado el acceso a tratamientos que les salvarían la vida…”.

Si la causa de los altos precios son los monopolios, y si los gobiernos nacionales han fracasado a la hora de controlar esos precios, entonces deberán plantearse quitar los monopolios. La solución a este grave problema es que se prohíban las patentes de medicamentos y cualquier tipo de monopolio sanitario. Pero para ello hace falta un enfoque global. Un solo país no puede. Si trata de aplicar las licencias obligatorias (que permitan fabricar o importar genéricos) o trata de fijar precios cercanos al coste de fabricación, las empresas y sus asociaciones tienen fuerza para amenazar al gobierno, retrasar el lanzamiento del medicamento, influir sobre sociedades científicas y líderes de opinión, y forzar que acepte sus condiciones. Se necesita una respuesta política global.

En el informe de medicusmundi y Médicos del Mundo citado, al comentar la Conferencia de Astaná, se afirma: “Quizás el aspecto más crítico, al menos desde el punto de vista de la sociedad civil, sea la ausencia de un análisis y una estrategia para afrontar las causas políticas y económicas que han supuesto grandes barreras para la equidad en el acceso a los servicios de salud. En Alma Ata se asumió que era necesario un nuevo orden económico mundial para asegurar la salud de las personas…” (p. 58).

En efecto, hace falta ese análisis y esa estrategia, y debemos impulsar un nuevo orden económico mundial. Habitamos hoy el orden económico provocado por la revolución de los ricos, que empezó hace 25 años, en la que el 1% controla más del 50% de los recursos. Es un nuevo capitalismo financiero global. Frente a ese capitalismo es precisa una respuesta política multinacional, global.

El problema de falta de acceso a medicamentos es uno más entre otros muy importantes (el hambre, la falta de agua, la falta de acceso a la educación, las guerras, etc.), que están interconectados. Pero el caso de los medicamentos, como señalaba más arriba, nos da una oportunidad. Nos afecta a todos. Norte y Sur. Y podemos promover una respuesta social común. No es suficiente con que se logren licencias voluntarias para países de bajos ingresos; éste es parte del mecanismo que mantiene el sistema de patentes. No es suficiente con que aumente el total neto de asistencia oficial para el desarrollo destinado a los sectores de la investigación médica y la atención sanitaria básica, como apunta el indicador 3.b.2. de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Hemos de cambiar radicalmente el sistema. Diseñar una estrategia que conduzca en 2030 a una conferencia internacional que prohíba las patentes de medicamentos y promueva un fondo global para la investigación de medicamentos. En ese fondo global la agenda de investigación la marcarían los problemas de salud y no los intereses comerciales; la investigación sería abierta; y los resultados de la investigación se cederían para fabricar medicamentos a precio de coste.

Además de la estrategia es necesario un liderazgo político. Nuevos Mandelas, que lideren esta nueva lucha como él lideró la lucha contra la industria farmacéutica para enfrentar la epidemia de SIDA. Y necesitamos la movilización de la sociedad civil. Estoy convencido de que, como ocurrió entonces, con estrategia, liderazgo político y movilización social, se puede conseguir el objetivo.

Un pequeño paso en esa dirección lo daremos en España con la Iniciativa Legislativa Popular por “medicamentos a un precio justo”, que 16 organizaciones sociales han lanzado para intentar cambiar la ley del medicamento y promover un debate nacional sobre esta importante cuestión. Esta es una acción local, pero sumada a otras muchas, en España, en Europa y en el mundo, puede contribuir a lograr ese “nuevo orden económico global que asegure la salud de las personas” y donde nadie se quede sin el medicamento que realmente necesita.