Las crisis humanitarias no solo destruyen infraestructuras y medios de vida, también erosionan certezas, vínculos e identidades, dejando una huella invisible que se manifiesta en el cuerpo, en los recuerdos y en la vida comunitaria.
Cuando la vida cotidiana queda marcada por la violencia, la pérdida o el desplazamiento, lo que está en juego no es solo la integridad física, sino también la manera en que los individuos y las comunidades se perciben a sí mismos y al mundo. La confianza en los otros, la capacidad de proyectar un futuro y hasta los marcos de justicia o dignidad pueden verse alterados.
Es por ello por lo que, la salud mental no puede entenderse como un aspecto secundario ni solamente del individuo, sino como un derecho humano fundamental que atraviesa todas las dimensiones de la respuesta humanitaria. Sin embargo, en la práctica, suele tratarse como un privilegio y desplazarse hacia la responsabilidad personal, invisibilizando el papel de los contextos y de las estructuras en la producción de malestar.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”, Aunque criticada por su carácter idealizado, esta definición abrió la puerta a comprender la salud mental como parte inseparable de la salud general. Más tarde, la organización precisó que la salud mental es “un estado de bienestar en el cual la persona es consciente de sus capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y contribuir a su comunidad” (OMS, 2013).
En contextos humanitarios, esta noción adquiere una relevancia crítica. Las crisis suponen un doble golpe: destruyen las condiciones materiales de vida y, al mismo tiempo, debilitan los cimientos emocionales y comunitarios que sostienen el bienestar. El Comité Permanente entre Organismos (IASC, por sus siglas en inglés) recuerda que los problemas de salud mental no deben entenderse únicamente como diagnósticos clínicos, sino como respuestas humanas esperables frente a condiciones extremas y estresantes. Estas respuestas no se manifiestan solo en malestar emocional inmediato, sino que transforman de manera más profunda la experiencia de seguridad, los vínculos y el sentido de pertenencia.
Las crisis prolongadas erosionan la sensación de pertenencia, modifican los roles sociales y transmiten narrativas de inseguridad o desvaloración. Con el tiempo, las comunidades pueden interiorizar marcos que perpetúan la vulnerabilidad: vivir en alerta, desconfiar del otro, creer que no se merece bienestar o justicia.
En Palestina, los bombardeos en Gaza y las restricciones en Cisjordania no solo destruyen casas o limitan la movilidad. Penetran en la vida íntima de las personas y en la forma en que las comunidades entienden quiénes son. Vivir con la amenaza constante de perder a un ser querido o de que tu hogar sea demolido significa que nunca hay verdadera calma: incluso en los momentos de silencio, el miedo permanece. Los puestos de control diarios, las detenciones arbitrarias o la posibilidad de perder tierras heredadas de generaciones anteriores no solo interrumpen rutinas, sino que fragmentan familias, alteran los roles entre generaciones, y generan un duelo continuo: por lo que ya se perdió y por lo que puede perderse mañana.
En términos de salud mental, esto implica que las personas viven en alerta permanente, con el cuerpo preparado para huir o defenderse, incapaces de descansar o confiar en que el futuro será distinto. Y a nivel comunitario, significa crecer en un entorno donde la angustia, la pérdida y la resistencia forman parte de la identidad compartida. Los duelos no se limitan a la muerte de un ser querido: también abarcan la pérdida de estabilidad, de territorios, de proyectos de vida. Así, el dolor se vuelve tanto personal como histórico, transmitiéndose de una generación a otra y dejando una huella profunda en la forma en que las familias y comunidades imaginan su futuro.
En este marco, la vulnerabilidad no debe entenderse como algo inherente a las personas, sino como el resultado de procesos sociales e históricos que exponen de manera desigual a ciertos grupos al daño. Los factores de riesgo y protección dependen en gran medida de la desigualdad, las condiciones de vida y la fortaleza de las redes comunitarias. Por eso, organizaciones como Médicos del Mundo defienden un abordaje integral que no solo alivie el sufrimiento individual, sino que actúe sobre las condiciones colectivas que lo generan y lo perpetúan.
Esto implica reconocer las fracturas identitarias producidas por la violencia o el desplazamiento, facilitar procesos de memoria y resignificación que restituyan dignidad, reforzar los vínculos sociales como protección y evitar la patologización de reacciones humanas esperables en situaciones extremas.
Aunque la ayuda humanitaria suele priorizar lo tangible como proveer refugio, alimentos o atención médica, organismos como la OMS y el IASC han insistido en que el sufrimiento emocional es una dimensión central que atraviesa todos esos ámbitos (OMS, 2013; IASC, 2007, 2021). No basta con salvar vidas en lo inmediato: para que la recuperación sea sostenible, es necesario integrar la salud mental y el apoyo psicosocial en la respuesta.
Con ese fin, el IASC desarrolló una Pirámides de Intervenciones, un modelo que organiza los distintos niveles de atención en crisis humanitarias:
Más que escalones aislados, estas intervenciones forman un entramado complementario que conecta lo básico con lo especializado y que, en la práctica, determina la eficacia de toda acción humanitaria, ya que no basta con levantar albergues si no se cuidan los vínculos sociales: una familia puede estar a salvo físicamente y, al mismo tiempo, sentirse desarraigada y sola. Tampoco sirve disponer de servicios clínicos si las personas no acceden a ellos por miedo al estigma o por falta de confianza en las instituciones. Incluso multiplicar la oferta de atención psicológica resulta insuficiente si la vida cotidiana sigue marcada por la inseguridad, la pobreza o la exclusión. En definitiva, cada capa de la intervención cobra sentido solo cuando se articula con las demás, porque el bienestar no se reconstruye en piezas aisladas, sino en un entramado que une cuerpo, vínculos y entorno.
El enfoque psicosocial parte precisamente de esta visión integrada. Cuidar en contextos humanitarios no significa limitarse a atender a individuos de forma aislada, sino reconocer que el trauma se vive y se procesa también en lo social, que las condiciones de vida determinan el bienestar y que las comunidades no son receptoras pasivas, sino agentes de su propia recuperación.
Un ejemplo claro de esta visión es Siria. Tras más de una década de guerra, muchas personas no solo han perdido familiares y hogares, sino también la confianza en el futuro. Para responder a este deterioro prolongado de la salud mental, Médicos del Mundo ha formado y acompañado a personal sanitario local para que puedan identificar y atender problemas emocionales comunes, como la ansiedad o la depresión, en los mismos centros donde se ofrece atención médica general. Al mismo tiempo, se han impulsado actividades comunitarias que refuerzan la cohesión social y brindan espacios de apoyo mutuo, fundamentales en un contexto donde el aislamiento y el miedo han fragmentado la vida colectiva. Este tipo de intervenciones muestran cómo, cuando la salud mental se integra en los sistemas de salud y se conecta con el trabajo comunitario, se abren posibilidades reales de recuperación que van más allá de lo inmediato y ayudan a sostener la vida en medio de la crisis.
Lejos de competir con otros sectores de la intervención humanitaria, la inclusión del componente de Salud Mental y Apoyo Psicosocial los potencia. Garantizar agua o refugio salva vidas de inmediato; pero si las personas continúan en un estado de inseguridad emocional o aislamiento, esos esfuerzos serán frágiles y difícilmente sostenibles.
Trabajar desde un enfoque psicosocial significa asegurar que cada intervención tenga mayor alcance y continuidad en el tiempo. Restablecer la seguridad emocional y reconstruir el tejido social no son aspectos secundarios sino las condiciones que permiten que el resto de los apoyos realmente funcionen. Ignorar la salud mental compromete la eficacia del resto de la ayuda humanitaria ya que se corre el riesgo de invertir en estructuras o servicios que no son utilizados, abandonados o que no alcanzan su objetivo, porque las personas y comunidades carecen de las condiciones emocionales y relacionales necesarias para sostenerlos.
Desde una perspectiva de derechos humanos, garantizar el bienestar psicosocial no es un añadido ni un lujo. Es un requisito para que derechos fundamentales como la salud, la educación, el trabajo o la participación puedan hacerse efectivos.
En definitiva, reconstruir lo invisible, como la confianza, la seguridad y los vínculos es lo que da estabilidad a lo visible. La salud mental y el apoyo psicosocial son, en este sentido, el fundamento silencioso que sostiene la vida, la dignidad y la posibilidad de futuro. Y eso, también, es acción humanitaria.